NO ME GUSTA LO QUE VEO - parte 1;

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Aguadulce, Warnes Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Don Cristobal ya lo decía hace tiempo, que las cosas no iban bien. Y cuando hablaba Don Cristobal no lo hacia ni por hacerse compañía en tantos años de soledad, ni por darse el gusto de escuchar buenas razones, de esas que cierran bocas de estúpidos charlatanes que parecen que cambian pesetas por huevos.

Don Cristobal habló hace 40 años, firme, contundente: las cosas no van bien. Y hace 20 lo repitió: las cosas no van bien, carajo! y desde entonces siguió agregando, año tras año, un maleficio a la cola de la frase.

Y yo me asomo a la ventana, en la estancia de Aguadulce, y no puedo más que darle la razón al viejo porque poco queda de lo que soñábamos cuando tanto tiempo hace ya, que de espíritu aún éramos tan jóvenes. Pues ésta es la Era de los viejos: pero no de los que tienen grabadas la vida en los surcos de la cara y la muerte en las canas de la frente, sino de los que tenemos el espíritu raído, la voluntad aplastada, la valentía cansada y el alma cosida a parchetones con hilo de cáñamo, para que el llanto no la reviente. Y hasta he cambiado de sueños obligada por tanto Fondo Monetario Internacional, Banco Europeo Central, Euros y Europas sumergidas en continuos divorcios contenciosos que como siempre los más perjudicados somos los que mamamos de una teta siempre seca porque ya no podemos presumir ni de Madre que nos parió ni de Padre que nos educó. Tantos son los límites impuestos a las esperanzas que, cuando mi hija me despierta cada mañana y me abraza dándome los buenos días, se me llena de pellizquitos el corazón por ver su futuro tan incierto. Qué nos están dejando para nuestros hijos? Antes luchaba día a día por guardar unos ahorritos en el banco para su universidad: ahora me asusta que cualquier día ese dinerito sirva para pagar la universidad de los hijos de fantoches y mamarrachos. Antes luchaba cada día por juntar el dinerito para pagar la hipoteca mensual: ahora siento que mi hija me hereda mil ladrillos escritos con cláusula suelo, cláusula techo, límite de variabilidad y sin piedra de Rosetta para entenderlo. Antes luchaba cada día por vivir en un país donde mis abuelos, aún bebiendo achicoria en vez de café, aún devorando los niños bellotas y aún heredando diez generaciones la ropa, si eras estudiante no eras Pepe sino Don José. Ahora pienso cada día a qué país mandar crecer a mi hija... donde si decide de mayor investigar no sea jamás sinónimo de mendigar.

Y entonces para qué quiero casa, para qué quiero trabajo, para qué quiero elecciones, para qué pago impuestos, para qué quiero seguros médicos, para qué pago letras de un coche, para qué sueño con chalet, piscina, chimenea y perro?

Para qué sigo, maldita sea, pagando un seguro de decesos si el día que me muera no tendré aquí ni a mis hijos ni a mis nietos?

Don Cristóbal se asentó la Guayabera y se ató los zapatos Manaco. Se acercó a mi lado y mirando a la luna, que de hermosa parecía una mariquitina recortada y pegada al cielo, me dijo: "no sufras mujer, las cosas no van bien pero sos las madres las que aún tenés el poder"...